Fidelidad e infidelidad en las relaciones de pareja

Ligar con 976502

Once Prosiguiendo con este inventario de vecinos inolvidables, recuerdo a un rudo y borrachín personaje de apellido Quiñónez, petiso, forzudo, con un mínimo de frente entre la ceja peluda y el cabello espeso, que hacía de todo, levantar un muro de ladrillos, reparar cañerías de aljibe, reponer tejas rotas o cercar un gallinero. Supuestamente, tener una colección completa, de veinte «figuritas», significaba que la empresa caramelera regalara una bicicleta. La causa, hoy lo comprendo pero no me explico, era que ña Beatriz tenía dos hijas que iban saliendo de la adolescencia, Elvira y Elena, rubias, altas, hermosas, esbeltas y de ojos verdes. Un par de ladies inglesas, finas y altivas en un almacén de barrio, pobres, bellas figuras insertas en un medio primitivo y casi pueblerino. Podía pensarse que tanta belleza atrajera a la gente sencilla del entorno, pero la cosa era al revés, porque sumada a la fiera vigilancia de la madre sobre las dos doradas doncellas, se suscitaba la envidia y los celos de las mujeres y la timidez de los hombres. Muchos años después, cuando ya era adulto, las volvía a ver, siempre juntas, marchitas y con la lozanía arrasada por los años, compartiendo la irremediable soledad de las solteronas.

La noche había terminado para nosotros. Whilly había hablado con la mayoría de las chicas que había en el Palacio, yo había intentando seguir sus pasos, de forma deficiente, y Bruno ni siquiera había sido capaz de abordar a ninguna. Nace mi web Me estaban sucediendo demasiadas cosas en muy poco tiempo. Había sido un final de año apasionante, con subidas y bajadas.

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